Oda a la wachuma
Bendita Wachuma, hace apenas un rato te fundiste en mi cuerpo, para ayudarme a revelar un secreto que habitaba en mí sin que me diera cuenta.
El duelo que he venido transitando estos dos últimos años no era por la pérdida de una empresa, era por algo mucho más profundo.
Sin saberlo, me estaba despidiendo de mi antigua yo.
¿Y cuántas veces, en una vida, tenemos la oportunidad de despedirnos de una versión desactualizada de nosotros mismos?
Este largo y oscuro invierno se ha despedido de mí dejando un gran regalo: la oportunidad de una vida nueva. Una vida desde donde seguir conociéndome, explorando y experimentando, para reencontrarme desde la compasión hacia mí misma y la bondad de un corazón liberado del peso de su coraza protectora. Gracias, invierno. Al principio, tu oscuridad fue tan inmensa que no lograba ver nada, solo sentir el dolor de mi piel resquebrajándose.
Finalmente, dejé de luchar contra tu frío y decidí rendirme. Con el paso de los días, comprendí: esas heridas solo servían para que la luz pudiera entrar.
Como cualquier rito de paso, eras necesario. Viniste para mostrarme que en mí se gestaba un cambio de ciclo, como una semilla en el seno de la madre tierra, que necesita de la oscuridad, la humedad y el frío para poder germinar.
Con una explosión en el corazón, esperaré la primavera a priori, más cálida sabiendo que volveremos a encontrarnos, alguna vez más, en esta danza sagrada que es la vida.