Cuando el cuerpo pide duelo y el alma pide escucha

Cuando el cuerpo pide duelo y el alma pide escucha

Cuando la depresión me llevó de vuelta a la energía

Y así llegó el día en que mi cuerpo ya no pudo sostener la falta de duelo que mi espíritu llevaba tiempo reclamando.

Tras varios avisos —señales claras que decidí ignorar— caí de lleno en una depresión. Qué enfermedad tan profundamente descorazonadora. Cuando estás dentro, no ves el final. No crees que nadie pueda entenderte, porque ni tú mismo logras comprender qué te está pasando. En mi caso, por muy racional que intentara ser, la culpa y el miedo aparecían una y otra vez, acompañados de preguntas constantes:

¿Por qué a mí? ¿Por qué durante tanto tiempo?

Para alguien con poca paciencia —como yo— una enfermedad que tiene un inicio, pero no un final definido, se convierte en una tortura silenciosa. Quién no ha vivido en su propio cuerpo, o ha tenido una experiencia muy de cerca. Suele pensar que la depresión es solo tristeza acumulada, cuando la realidad es mucho más compleja y devastadora.  La depresión es dolor físico, es desesperanza y desolación.  Son ideas oscuras que aparecen sin ser invitadas. Es apatía, insomnio, pérdidas de memoria, desconexión.

 

El quiebre que también fue transformación

Afortunadamente, en mi caso, la depresión se convirtió con tiempo y paciencia en un elemento profundamente transformador. Marcó un antes y un después en mi vida. Me obligó a detenerme, a mirar hacia dentro y a profundizar en mi propia espiritualidad, buscando respuestas que ya no podían venir de fuera. Ese vacío tan doloroso, me empujó —y al mismo tiempo me permitió— encontrar una luz, una madurez y una serenidad que ni siquiera sabía que existían en mí. No fue un camino rápido ni fácil, pero sí honesto.

 

El encuentro con la energía como camino de sanación

En esa búsqueda comencé a probar, a investigar y a experimentar con la energía. y formarme en: Reiki, Kundalini, Liberación de Pericardio, Péndulo

En un primer momento, todas esas técnicas actuaron como un bálsamo sanador para mí. Más adelante, esas mismas herramientas se transformaron en algo más profundo: una forma de acompañar y ayudar a otras personas que, como yo, sentían la necesidad de tratar esa enfermedad de una manera diferente  y que además, necesitaban ayuda para recordarle al cuerpo el descanso que necesita.

A través de ese proceso aprendí a escucharme, a respetar mis ritmos y a comprender que sanar no es correr, sino sostenerse con amor. Con el tiempo, ese aprendizaje se volvió tan significativo que sentí el llamado de compartirlo.   

Si estás atravesando una enfermedad, el mejor consejo que puedo darte es: descansa sin culpa.

 

Sé que vivimos en una sociedad atrapada en la “carrera de la rata”, donde el hacer constante, la productividad y el “cuanto más tengo, más valgo” están altamente premiados. Pero basta con abrir un poco los ojos para darnos cuenta de algo esencial: cuanto más desconectados estamos de la naturaleza, del silencio y del descanso, más aumentan las enfermedades mentales. La sanación no siempre llega haciendo más. A veces llega parando. Escuchando. Respirando y permitiéndonos ser sostenidos.

 

Un espacio para volver a ti  Si tu cuerpo o tu alma te piden pausa, silencio y cuidado, este espacio es para ti.

El descanso no es un lujo, es una necesidad.
Sanar no es correr, sino sostenerse con amor.